Reflexiones

1. Entender que escribir es aprender 

Antes de este trabajo, quizás teníamos la idea de que la Alfabetización académica se trataba sólo de escribir sin faltas de ortografía o de citar correctamente. Sin embargo, al crear el portafolio, nos dimos cuenta de que la escritura es, en realidad, una herramienta para construir el conocimiento en la universidad. El análisis de nuestros propios textos demostró que usamos los géneros académicos para reflexionar profundamente y justificar por qué hicimos las cosas de cierta manera.

Aquí se ve muy clara la idea de que la escritura es una práctica epistémica. No sólo escribimos sobre lo que aprendimos, sino que la escritura misma es el proceso donde analizamos y validamos ese saber especializado. Por ejemplo, en el análisis de la "Proceso de escritura" tuvimos que justificar nuestras decisiones creativas y editoriales, lo que nos obligó a pensar sobre el proceso mismo de escribir.

2. Descifrar los códigos del lenguaje universitario

Otro punto clave es que este portafolio nos obligó a hacer explícitas las reglas que antes sólo intuíamos. En Pedagogía en Lenguaje y Comunicación, estamos ingresando a una comunidad discursiva técnica y especializada. Al analizar los cuatro géneros (propios y externos), tuvimos que usar las teorías de Bajtín, Cassany, Adams, Werlich y los criterios de Parodi, Ibáñez y Venegas para identificar y justificar cada detalle del texto

Este ejercicio es vital porque, tal como postula Carlino, la AA no debe ser sólo una exigencia, sino algo que se debe enseñar y hacer consciente. Ahora entendemos de forma explícita que, por ejemplo, la “Ley 20.529” necesita un léxico técnico, o que un relato como "Tía Chila" puede usarse como crítica social en un contexto académico. Es decir, aprendimos a decodificar los criterios sociales y cognitivos que definen los modos de decir y pensar que se esperan de nosotros en la universidad.

3. Desarrollar el ojo crítico y ser responsable de nuestro propio aprendizaje.

El portafolio no sólo consistió en analizar textos, sino en identificar las incorrecciones o aspectos para la mejora en cada uno de los géneros. Esta parte fue muy significativa. Al comparar nuestros trabajos con las expectativas del ámbito académico, desarrollamos una capacidad autorregulación. Por ejemplo, nos dimos cuenta de que algunos textos le faltaba respaldo discursivo riguroso o que la cohesión en otros podía fortalecerse.

La mejora en la lectura y escritura es una responsabilidad compartida, pero este proceso de análisis nos dio las herramientas para autoevaluarnos. Ahora, tenemos un referente claro de lo que es un texto riguroso y sabemos exactamente qué revisar, como la necesidad de precisión terminológica o la claridad en la estructura. Esto nos permite asumir una postura crítica y reflexiva, que es fundamental para tener éxito en el ámbito universitario.

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